POSTALES PARA LORCA es una iniciativa simbólica que pretende homenajear, en el 70 aniversario de su asesinato en el barranco de Víznar a Federico García Lorca, ofreciendo a quien quiera la oportunidad de expresar todo aquello que siempre quiso decirle si hubiera tenido la oportunidad. Las primeras postales se las hemos pedido a varios escritores y estudiosos de la obra de García Lorca. Juan Carlos Rodríguez catedrático de la Universidad de Granada, Andrés Neuman, escritor, y a varios poetas, entre ellos Elena Medel y Mario Cuenca, habituales colaboradores de ww.ciudadpoetica.com, han aportado su particular visión del poeta.. Rellena el formulario al final de la página y envía tu postal .
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| JUAN CARLOS RODRÍGUEZ. Catedrático de Literatura española Universidad de Granada |
Lorca es el poeta que sigue más vivo entre la generación del 27. ¿Motivos? Su continua interrogación sobre la individualidad, el gran problema de la cultura de hoy. Así podríamos decir que su escritura usa lo que quizá debería llamarse el "método de la alcachofa": ir pelando las capas hasta llegar al centro del sentido de las cosas, al corazón de la "alcachofa". Pero aquí la sorpresa: el centro del sentido también se va desdoblando y desdoblando, como máscaras múltiples que son verdades en sí mismas. Esa persistente interrogación sobre la verdad y sobre la individualidad es, pues, insisto, lo que más me interesa en Lorca. Por eso los versos suyos que más me inquietan -siempre lo he dicho- son los del tipo: "Entre los juncos y la baja tarde/ qué raro que me llame Federico"; es decir, la individualidad interior. O bien: "Que muerto se quedó en la calle/ que con un puñal en el pecho/ y que no lo conocía nadie". Es decir, el encuentro con la "individualidad exterior", pero con el Otro ya aniquilado, inerme. Lo explico más ampliamente en mis libros "Lorca y sentido" o "De qué hablamos cuando hablamos de literatura". |
ANDRÉS NEUMAN. Escritor |
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Para mí, en un principio Lorca fue el descubrimiento de cómo lograr una amorosa extranjería respecto de la propia tierra y los propios orígenes. Lo que en mi adolescencia me cautivó de Lorca es cómo fue capaz de pensar (por ejemplo) en sus vecinos de Asquerosa o en los gitanos del Sacromonte, en términos profundamente asombrados y universales. Las poderosas imágenes de sus poemas me trajeron por entonces una conclusión que hoy sigo valorando mucho: mirar tiene tanto de quedarse como de irse. Lorca siempre será lo inverso de lo local o lo nacional, porque en él las referencias próximas son una excusa para bucear en lo desconocido. Tengo la sensación de que, como lector de poesía y niño emigrante que fui, este aprendizaje me resultó de gran ayuda literaria y personal. |
| JUAN DE DIOS GARCÍA. Poeta |
Nunca he podido comprobar si en verdad Borges llegó a pronunciar ese comentario tan desafortunado sobre Lorca. Ya saben, eso de que «Lorca tuvo la suerte de que lo mataran para inmortalizar su obra». Aunque fuese un rumor literario más, lo cierto es que el argentino nunca tuvo simpatía a la poesía de Federico. En una de las dos famosas entrevistas que concedió al periodista español Joaquín Soler Serrano sí que se pronunció al respecto argumentando: «No encuentro en los versos de Lorca lo que me interesa, algo que sí encuentro en los de Machado o en la obra de Unamuno». Es la opinión de un sabio… Pero Borges se equivocó repetidas veces, como todos los sabios. Lorca es uno de los más grandes escritores de la Historia. A mí no me cabe la menor duda. Otra cosa es la iconografía y toda la sociología cultural que se ha levantado desde su asesinato. ¿Hubiese sido el granadino tan venerado y, sobre todo, tan reivindicado si no hubiese acabado sus días de esa manera tan dramática? Dejo esta pregunta flotando en el aire, quizá vagando en la eternidad sin una posible respuesta. |
| JUAN CARLOS CAMACHO. Licenciado Filología clásica. |
Borges no puede apreciar a Lorca porque está estética y culturalmente muy alejado de él. La poesía de Borges es metafísica e intelectualista. Se inspira en la mitología nórdica, las sagas islandesas, los clásicos ingleses y alemanes, la mística oriental...a Borges le intrigan y le fascinan los problemas filosóficos y metafísicos en torno al tiempo, al azar, el destino, el mundo que deviene laberinto. El mundo de los libros y de las bibliotecas. Borges es un erudito -no un "sabio"- recluido en su propio mundo debido, probablemente, a su prematura ceguera. Lorca, en cambio, es un poeta dionisíaco, espontáneo, vitalista. No hay rastro alguno de intelectualismo y de erudición en su poesía. Todo fluye a borbotones como de un manantial, rotundo. Las imágenes son de una gran plasticidad , no pasan -como en el caso de Borges- por el tamiz intelectual, sentencioso. Las declaraciones de Borges sobre la muerte de Lorca son, en mi opinión, una boutade, una ocurrencia ingeniosa a la que tanto recurría Borges. En realidad no estaba en condiciones de apreciar el valor de lo lorquiano. Creo que Lorca tampoco apreciaría la poesía de Borges. La encontraría aburrida, sin vida. Para Borges la poesía es una excusa para sus divagaciones metáfísicas. Lorca, por el contrario, plantea en su obra el tema de la muerte, del amor-temas trascendentes ,por supuesto- pero desde una perspectiva de conflicto vital. El sentimiento es lo principal en Lorca. Borges, en cambio, rehuye el sentimiento. Adopta una postura de distanciamiento escéptico. Personalmente aprecio más a Borges como prosista que como poeta. La poesía no era un género apropiado para él. El mejor Borges es el autor de relatos cortos, como su admirado Poe. Quizás por eso quiso ser también poeta, porque Poe también lo era. Pero Poe, como poeta, era igual de aburrido... |
| ÁNGEL GÓMEZ ESPADA. Poeta |
Uno no puede evitar, a pesar de su inagotable belleza, pasear por la ciudad de Granada y no pensar en Federico al menos una vez. Es algo inevitable. Como ver rascacielos en Nueva York y no sentir algo de miedo. Como entrar al Panteón de Agripa con la boca abierta. Granada es, entre otras muchas cosas, un verso infinito de Federico. Un verso que le sobrevivirá siempre para rendirle merecido homenaje. |
| MARIO CUENCA SANDOVAL. Escritor |
En algún momento de mi adolescencia, el universo poético de Lorca llegó a identificarse completamente con el universo poético. Más que de una invasión hablaría en mi caso de una posesión. Llevaba siempre conmigo el volumen de sus obras completas en la edición de Aguilar, un volumen forrado en piel al que los amigos llamábamos jocosamente la Biblia (había un segundo tomo que incluía conferencias, cartas y obra dramática). Se sumaba a esto mi obsesión por la ropa negra, dando ocasión a mi amigo Francis Molina para burlarse cariñosamente de mí: “bonito sermón el de hoy, padre Flanagan”, me decía. La luna, el verde y los alfileres de tiniebla invadieron mis poemas, como los de otros muchos adolescentes. En parte mi proceso de maduración posterior ha sido un proceso de desintoxicación lorquiana. Las recurrentes imágenes del poeta de Fuente Vaqueros fueron desapareciendo de mis textos; incluso la tensión surrealista que encontraba en ellas. Pero ha resultado inevitable que sobreviva algo como un rumor de fondo, no sé exactamente qué; tal vez un deseo de música y de misterio que yo encuentro sobre todo en el Diván del Tamarit. Creo que este es el libro de Lorca que ha dejado una huella más honda en mí, por encima de Poeta en Nueva York, que siempre me pareció (y perdonen) de un surrealismo un tanto impostado. |
| ELENA MEDEL, poeta |
La insomne Ciudad de provincias con cifras generosas y mirada minúscula: una niña con no más de once o doce años, titubeando entre la infancia y el odio eterno al mundo, acaba de obtener un regalo de no recuerda quién. Es un libro que mina su curiosidad durante toda la tarde, una antología de la generación del 27. Prólogo, fotografías, poemas: al principio pasa rápido las hojas, saltando de autor en autor, ahora Cernuda, luego Dámaso, Gerardo Diego más tarde. Su biblioteca, hasta aquel día, apenas contaba con unos pocos volúmenes de poesía, entre la avalancha de novelas para el público infantil y juvenil, cada color antes de tiempo. La niña lee, descubre, y se fascina: termina regresando siempre a aquellos versos de Federico García Lorca que no lograba comprender, pero que permanecen en su mente y universo de niña durante la clase de matemáticas. Por aquellas fechas la niña lectora estrenaba costumbre: permanecer hasta la madrugada leyendo, escondida con una linterna bajo la colcha, topándose con la tranquilidad y disfrutando sin que nadie pudiera interponerse entre los autores y ella. Lo devoraba todo: novelas juveniles, libros de relatos, ahora poemas. Aquel regalo dio paso a una compra, la edición de Poeta en Nueva York de Cátedra —qué habría sido de la insomne sin esa colección—, que le cambió la vida. Invirtió horas y horas en memorizar cada imagen, en diseccionar cada palabra, en otorgar un significado nuevo, personal, al idioma de Lorca. Una lengua distinta, envidiada: un nombre al que evocar frente a la hoja en blanco. Esa niña soy yo. Tras leer Poeta en Nueva York comencé a escribir poemas, y a leer poesía, con mucho mayor —más frecuente, y más intenso— cariño que el dedicado a la prosa, mi actividad inicial. Echen la culpa a Lorca: mi fervor fue tal que, durante una época remota, Mi primer bikini se tituló Ciudad sin sueño y, a continuación, Los insomnes. No soy una lectora fanática; sí entusiasta cuando algo me conquista, sí férrea y rotunda cuando se trata de mis debilidades. Respeto las preferencias ajenas, y procuro escuchar antes de responder. Sin embargo, mi reacción cuando media Federico García Lorca es radicalmente distinta: si alguien musita no es para tanto mis ojos se convierten en focos, y peleo, y maldigo, y no perdono semejante afrenta. Lorca es un escritor total, que abarca con similar genio todo tipo de temas y estilos: en su teatro —ningún escritor, o escritora, retratará como Lorca el carácter y la esencia de la verdadera mujer andaluza, lejos de lunares y de tópicos— y en su poesía, popular o culto, su cercanía e intensidad se revelan siempre eternas. Unos pocos años, y unos muchos títulos, bastaron para situarle a la cabeza de la literatura en castellano, independientemente de países, géneros o siglos, merced a una obra personalísima, emocionante y luminosa, que jamás se apagará, que nunca duerme. |
| MARÍA GLEZ. Estudiante de Arte Dramático. Córdoba |
"Aunque mi relación con este portal no se deba a mis estudios, sino a mi faceta literaria, el pensamiento que hoy vengo a compartir lo expreso desde la faceta teatral, desde la de amante y servidora del arte escénico. Para mejor comprension aclaro, la carrera que estudio es escenografía, que, aunque parezca un dato sin importancia no lo es tanto a la hora de estudiar textos, sean o no teatro, pues también se dramatizan poemas, cuentos, o se adaptan novelas. La visión que yo pretendo aprender a tener es mucho más plástica y al mismo tiempo más analítica de la que puede tener por ejemplo un actor. Más datos, actualmente me encuentro inmersa en un proyecto sobre "Asi que pasen cinco años", el cual me está haciendo conocer aún más la obra de Lorca. |
| RAFAEL CALERO PALMA, escritor |
Para mí la obra de Federico representa la culminación de la poesía en lengua castellana y, posiblemente, en cualquier otro idioma. Nadie, ni antes ni después, ha conseguido llegar hasta los lugares donde él llegó. Ningún poeta posterior a él ha escapado a su influencia. Cuando es el poeta popular de “Romancero Gitano” es el mejor, Pero cuando utiliza todo ese mundo onírico, surrealista y mágico que llevaba dentro (como en “Poeta en Nueva York”) sigue siendo él mejor. Sus imágenes son únicas, de una belleza devastadora, tienen la cualidad de hacernos ver mundos que estaban ante nuestros ojos, aunque nunca habíamos reparado en ellos. Algo que siempre me ha fascinado de la obra poética de García Lorca es la facilidad con la que los músicos se han aproximado a ella. Por supuesto, ha sido e imagino que va a seguir siendo, fuente inagotable de inspiración para los gitanos y el flamenco —desde Pata Negra poniendo música a “Bodas de sangre”, hasta Camarón y Ricardo Pachón metiendo por bulerías algunos versos memorables—; pero no sólo para el flamenco: ahí queda esa maravilla que Enrique Morente y Lagartija Nick hicieron en “Omega”, Leonard Cohen interpretando en inglés el Pequeño Vals Vienés, Amancio Prada poniendo música a algunos de los más importantes sonetos lorquianos o el gran Carlos Cano musicando el “Diván del Tamarit”. Sólo por esto ya es único. |
Las postales se irán colgando en esta misma página a medida que vayan llegando. Escribe la tuya. |
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