El hombre que
salió de la tarta
Alberto Santamaría
III
Premio de Poesía Joven ‘Radio
DVD,
2004
«Tristemente
triste con su cabeza triste/ y un triste bikini de piel de triste tigre».
Sergio Algora, líder de los desaparecidos El Niño Gusano, entonaba así el
estribillo de “La chica que salió de la tarta”, una de sus canciones más
crípticas y mágicas. Frente a esta grácil muchacha situaríamos El hombre que salió de la tarta, editado
por DVD y merecedor del III Premio de Poesía Joven ‘Radio 3'. Su autor, Alberto
Santamaría, nació en Santander en 1976 y ha escrito un libro felizmente feliz
en torno a la creación: no sólo celebra la escritura y habla del acto mágico de
emborronar la hoja en blanco, sino que es festejo simultáneo de la carne, el
encuentro de los cuerpos, estableciéndose en continua fiesta vital.
Algo de bíblico tiene, en ocasiones, Alberto
Santamaría; facilidad para lo hímnico sin caer en el tópico, para la alabanza salmódica alejada del coro de iglesia. Pero no se me
alarmen, porque Jessie Zeller
no merece cristianas honras funerarias: este personaje, que actúa como pretexto
para el poemario, apareció muerto dentro de una tarta de cumpleaños para su
esposa. ¿Imaginan un final más pagano? «Qué diablos/ hacía un hombre en una
tarta/ sino ser él mismo esa tarta». La indagación filosófica, las preguntas
que buscan su respuesta, toman la palabra desde el primer poema, “Hombre y
tarta”, hasta el último, qué diablos… Zeller actúa
como guía de un viaje en círculo; sus peripecias abren y cierran un paréntesis
que encierra verano y amor. Santamaría ejerce de mecánico, sirviéndose de dos
líneas argumentales para desarrollar su poética
merienda: por una parte, sitúa la reflexión metapoética
—por qué y para qué escribir, sobre qué pensar o disfrutar— recurriendo a la
figura de Zeller y sus trágicas circunstancias; y,
por otra, erige la época del sol en símbolo de la felicidad, y nombra la
amenaza del invierno como amenaza, también, de desamor y soledad. La vida
misma.
El discurso de Alberto Santamaría es fluido,
cotidiano, brinda al lector la identificación. En sus poemas encontramos
pantalones vaqueros, carpetas, crema bronceadora. Esta cercanía de temas, sin
embargo, no impide la presencia constante de imágenes que habrían entusiasmado
al Gimferrer de La
muerte en Beverly Hills.
Sirvan, como ejemplo, los collages de “La angustia de
las influencias”, el tono camp de “El secreto de la
camarera” o la «cama abierta/ abierta como un hígado enfermo» en “Ser uno”.
Alberto Santamaría ha construido un poemario
radicalmente posmoderno, un respiro necesario entre tanta querencia epigonal. En el discurso premeditadamente pop —pero sin
fecha de caducidad— de Santamaría conviven felizmente Andy
Warhol, Antonio Gamoneda,
Platón, Gerardo Diego, José Hierro, Sófocles y el grupo musical Señor Chinarro.
Y domina, sobre todos ellos, el influjo de Wallace Stevens, vendedor de seguros y metáforas. No me lo nieguen:
los ingredientes y los invitados especiales son una inyección de optimismo.
Lean El hombre que salió de la tarta;
es, se lo aseguro, un menú deliciosamente delicioso.
Elena Medel